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Canarias
Canarias, puro trópico, todo el año.

El Archipiélago Canario emergió desde el corazón
de la tierra, sobre un Océano cálido, tranquilo y azul,
donde flota de manera apacible, pausada, casi irreal, tal vez por eso sus
gentes pinten las casas de colores fuertes; para darles cuerpo, solidez,
para evitar que un buen día todo se desvanezca y las aguas vuelvan
a cubrir el paraíso.
No obstante, nosotros podríamos seguir yendo allí, navegar
esas aguas, nosotros somos marinos, pero ya no sería lo mismo, nos
perderíamos el Puerto de los Gigantes en Tenerife, donde habitualmente embarcamos y nos hacemos a la mar, con sus paredesy acantilados dramáticos cayendo enormesy verticales hasta el agua, los grises
y ocres del Teide y sus casi 4000 m. de altura, que nos observa y nos
recuerda quien manda aquí, la naturaleza, el fuego,
las selvas y el Océano.
Tenerife es la más poblada y turística de las islas occidentales, y como eso ya lo conocemos, solo la utilizamos como trampolín hacia el oeste. La primera que nos encontramos a tan solo cuatro horas de navegación es La Gomera, esta travesía suele ser apacible con mar tranquila y poco viento, aunque en las proximidades de la costa siempre sopla algo más, lo que garantiza la posibilidad de navegar a vela, bajo el sol del trópico.
San Sebastián de La Gomera, es un puerto moderno, con todos los servicios, pero con un cierto sabor a lejano, a remoto en el tiempo y en el espacio, junto a los muelles comerciales y pantalanes del club náutico, se alza una ciudad histórica, de casas multicolor, insertadas en una colina de mucha pendiente que se descuelga sobre el puerto, donde habitó una de las amantes de Cristóbal Colon, con la que tuvo hijos. El centro de la isla lo ocupa el parque nacional de Garajonay, paraíso de los que disfrutan con el senderismo, la fauna y los bosques. La costa está salpicada de playas excelentes, donde convive un turismo aún incipiente y la milenaria cultura guanche, llena de ritos, costumbres y leyendas, que nos transporta a otros tiempos, cuando vivían los gigantes, las doncellas suspiraban y morían por amores imposibles y los hombres se hacían a la mar para descubrir islas invisibles, que aparecían y desaparecían, como la de San Borondón que según la leyenda a veces toma cuerpo entre
la Palma y El Hierro.
El Sur de La Gomera cuenta con algunos pequeños puertos de abrigo, puertos de pescadores como Las vueltas, donde se puede conversar pausadamente con sus gentes mientras en la cantina te preparan el almuerzo, por las noches hay unos cuantos bares de copas bastante curiosos, incluso una discoteca, con un ambiente ecléctico, bohemio y cosmopolita al borde del Océano Atlántico.
De la Gomera se puede navegar hasta La Palma, travesía que nos ocupa unas doce horas pero que sin duda merece la pena. Suele soplar un Noreste suave que se acelera al acercarse a la costa, siempre están a la vista las dos islas y el Teide al fondo por encima de todo y de todos generan un paisaje rotundo y hermoso.
La Palma es una isla curiosa, con muchos contrastes, tiene el cráter volcánico más grande del mundo, La Caldera de Taburiente, que ahora es un parque natural selvático, allí mismo se encuentra el famoso observatorio astronómico del Roque de los Muchachos de mucho interés para los que tengan curiosidad científica.
Este volcán de 2.400 m. separa a la isla en dos mitades. La cara Este donde están la capital y el puerto de Santa Cruz de La Palma; esta parte es húmeda y verde, con frecuentes lloviznas, sin embargo la cara Oeste es soleada y cálida, aquí la gente se tuesta al sol, en las playas, mientras que aunos pocos kilómetros al otro lado, hay que andar con chubasquero bajo la lluvia, algo insólito no?
Al sur se pueden visitar volcanes vivos, con cierta actividad, donde la lava, cenizas, los vapores y el azufre nos transportan a otras eras geológicas.
Antes de dejar La Palma es recomendable disfrutar de su variada gastronomía y de sus afamados puros, si gustan…
La travesía hasta El Hierro suele ser cómoda y rápida debido a los vientos portantes que nos acompañan, unas diez horas de mar nos acercan al lugar más occidental de Europa, para amarrar en el puerto de la Estaca y convertirse de inmediato en la novedosa atracción del lugar pues pocos yates llegan hasta puntos tan remotos.
Lo mejor de El Hierro es lo que no hay, no hay demasiada gente, demasiados coches, cadenas de fast-food, prisas y edificios, se puede conducir durante horas sin ver a nadie por carreteras que discurren entre enormes laderas de lava volcánica, sin vegetación, ni fauna, ni casas, ni gentes, solo piedra y roca de colores fascinantes y abajo, el océano azul, tranquilo y quieto, reflejando el sol de Las Canarias, meciendo el barco en el que vivimos y navegamos. Si te apetece llàmanos…
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